
El sumiller de hoy ya no se entiende sentado en una sala esperando a que el vino llegue a la mesa. Ese modelo quedó atrás.
La figura actual del sumiller es una figura en movimiento: viaja, cata donde nace el vino, pisa el campo, come lo que come el productor y escucha acentos distintos para comprender qué hay detrás de cada botella.

Porque el vino también ha cambiado. Se ha vuelto más preciso, más artesano, más pasional y más humano. Cada vez importa menos lo industrial y más lo que está hecho con intención y con identidad. Y para entender estos vinos, el sumiller tiene que salir al mundo, abrirse, equivocarse y volver con algo que contar.
El sumiller moderno es intérprete y narrador. Traduce complejidad en sencillez, acompaña sin protagonismo y da contexto sin abrumar. Pero también es gestor: construye cartas con criterio, sostiene el equilibrio entre emoción y rentabilidad y aporta sentido a la experiencia.
En esencia, es un puente.
Entre el territorio y la mesa.
Entre el productor y el cliente.
Entre la historia del vino y el instante en que alguien lo bebe.
Un profesional dinámico, curioso y cercano que entiende que cada copa necesita verdad.
Y esa verdad solo se encuentra saliendo a buscarla.






