¿Qué vimos en la Barcelona Wine Week?
Con más ganas que nunca, el equipo comercial y de puntos de venta de Vinófilos aterrizó en la Barcelona Wine Week con la certeza de que no era una feria más. Hoy, Barcelona se ha consolidado como el gran centro neurálgico del vino español: un auténtico termómetro del sector y un escaparate imprescindible para cualquier profesional que quiera entender hacia dónde se mueve el mercado.
Y, por supuesto, allí estuvimos.
Tras casi tres días intensos —entre catas, encuentros, descubrimientos, celebraciones y muchas conversaciones— regresamos con ideas claras y varias conclusiones sobre el momento actual del vino.
Hacer vino es más fácil que venderlo
Nunca se había hecho tanto vino… ni había sido tan difícil comunicarlo.
Existe una enorme diversidad de proyectos, estilos y discursos, pero no siempre aparece ese hilo conductor capaz de construir un mensaje atractivo y coherente para el consumidor. Hay más vinos de los que podemos explicar y, probablemente, más bodegas de las que el mercado puede sostener.
Hoy, diferenciarse no es solo importante: es cuestión de supervivencia.
Elegancia frente a potencia
Una tendencia se repite con claridad: triunfan los vinos ligeros, frescos y fáciles de beber; vinos sin artificios; vinos pensados para disfrutar, no para impresionar.
El vino de consumo cotidiano —el que acompaña la mesa sin imponerse— gana terreno frente a propuestas excesivamente musculosas.
En este sentido, miramos nuestro portafolio con cierto orgullo: hace tiempo que apostamos por esta línea, incluso antes de que fuera una evidencia tan rotunda.
Menos madera, más origen
Si hace unos años la madera era sinónimo de calidad, hoy el discurso ha cambiado.
Los productores hablan ahora de suelo, salud del viñedo, clima, genética y viticultura precisa. En definitiva, se busca que el vino siente bien, invite a seguir bebiendo y forme parte natural de la comida, como siempre debió ser.
No queremos vinos que nos obliguen a sentarnos. Queremos vinos que nos levanten.
Menos alcohol, más equilibrio
Las añadas recientes —especialmente 2022 y 2023— han sido cálidas y secas. No las recordaremos como grandes cosechas, pero sí como un punto de inflexión.
El sector está trabajando intensamente para reducir el alcohol, mejorar la viticultura y afinar las fermentaciones. El objetivo es claro: vinos más equilibrados, alineados con una gastronomía cada vez más ligera y contemporánea.
Queremos catar más. Queremos beber más. Pero mejor.
Blancos y espumosos al alza
Otra señal clara del mercado:
- Blancos: en crecimiento.
- Espumosos: con fuerte proyección.
- Rosados: se mantienen.
- Tintos: avanzan con más lentitud.
¿Significa esto el fin del tinto? En absoluto.
Probablemente veremos una evolución positiva: tintos que pasen más tiempo en botella, que ganen finura y complejidad. Volveremos a beberlos en su mejor momento, algo que —seamos sinceros— no siempre estaba ocurriendo.
Beberemos tintos más hechos, más afinados y más elegantes.
La presión por vender es real
En la feria se respiraba una necesidad evidente de mercado, y eso nos invita a reflexionar.
Lo último que necesita el consumidor es una avalancha de vinos baratos, crudos y sin alma, vestidos con etiquetas bonitas pero incapaces de generar vínculo.
Porque el nuevo consumidor no busca solo precio.
Busca emoción. Busca autenticidad. Busca verdad.
Y el vino —cuando la tiene— se nota.
Seguimos mirando al futuro
Nos guardamos algunas reflexiones más que iremos compartiendo en próximos eventos y ferias.
La siguiente parada ya está marcada en el calendario: Wine Paris, donde tomaremos el pulso al mercado internacional desde una de las capitales mundiales del vino.
Seguiremos observando. Seguiremos aprendiendo. Seguiremos contando.
Porque entender el vino es, también, entender su tiempo.
Y este momento es apasionante.









