Si algo caracteriza a Roberto Castro (El Secreto de Chimiche) por encima de todo es su larga experiencia hostelera. En los años 80 ya formó parte de la plantilla de los establecimientos más emblemáticos en un momento efervescente del turismo en la isla de Tenerife. El servicio global, la excelencia en la sala y la hospitalidad son los principales valores de un profesional para el que la cultura del vino forma parte de su vida y sus raíces. Hoy comparte con nosotros este relato de vida que es reflejo de nuestro pasado más reciente.

Roberto Castro – Creo que para hablar del vino en toda su amplitud y con conocimientos de la materia, lo debería hacerlo un enólogo, un sumiller, o un profesional de ese mundo. Son los que de verdad saben y nos pueden ilustrar. Pero yo no me encuentro en ninguno de esos perfiles.

Es tan grande todo lo que rodea al vino. Belleza, cultura, vida, historia… Si me lo permiten voy a enfocar mi relato desde otra perspectiva. Otro punto de vista diferente. Otra forma de entenderlo, en definitiva.

El vino por si solo es protagonista. No necesita de nada ni de nadie más para ser venerado. En mi casa desde siempre y hasta que falleció mi padre, se hacía vino. Recuerdo de pequeño que lo hacia mi abuelo, luego mis tíos y también mi padre.

Era el vino “ de casa”, vino del año, que servía para el disfrute de la familia que lo hacía, pero también de todos aquellos conocidos, amigos, familiares, que pasaban por casa o que mi padre llamaba para brindarles un vaso de vino. Era parte muy importante de la cultura de cada familia. Podías escuchar desde la bodega como se alababan unos a otros por el vino que habían hecho ese año, o se contaban los trucos o pericias para conseguir el vino deseado (nunca se contaban todo, porque ellos a su manera eran también bodegueros)

Tenían cada año la ilusión de hacer mejor vino que el año anterior, y por qué no decirlo, también querían hacer el mejor vino del pueblo, o de la comarca. Pero esto en casa con el fallecimiento de mi padre terminó. Cada hermano tiene su casa, solo el mayor hacía algo, pero ya tampoco. Ahora cuando voy a casa de mis padres y voy a la bodega solo veo recuerdos. Barricas viejas, vacías y ya estropeadas. El lagar donde hacíamos el vino, agrietado y las maderas y los pesos que usábamos para estrujar las uvas, rotos o en mal estado. Una pena. Que si quisiera o quisiéramos parte de toda esa historia se podría recuperar.

Para mí el vino, desde mi experiencia en la restauración, tiene muchas similitudes con lo que puede ser la Sala en la misma profesión. ¿En qué? Pues tienen muchas cosas en común. El vino es el complemento perfecto para una experiencia gastronómica. Es también ese punto de encuentro entre amigos, aperitivos, sobremesas, picoteos. Simplemente un buen vino y una buena compañía, son en definitiva la chispa que enciende o ilumina todo aquello a lo que se une.

¿Qué es la Sala dentro de la restauración? Pues algo parecido. Somos el 50% de la experiencia, somos quienes ofrecemos y vendemos un aperitivo antes, o una copa después de la comida. Somos el complemento a esa comida, a ese momento especial, a ese evento importante y en todos ellos brindamos con un vino que seguramente el camarero/a habrá sugerido, habrá abierto y habrá servido. Somos la sonrisa, la empatía, la parte humana que aporta el lugar para crear experiencias únicas.

¿El servicio del vino es importante? ¿Es importante saber de vinos aunque no seamos catedráticos en la materia? ¿Podemos venderle a según qué cliente, el vino que nosotros queramos? ¿Recordará el cliente después de su copa o su botella de vino a la persona que le atendió y formó parte de ese momento mágico? ¿Crees que solo recordará el nombre del vino y no sabrá quién es la persona que se lo sirvió?  Todo eso también es Servicio. Es Sala. Creo que es importante resaltarlo.

La Sala, en mi humilde opinión, es lo que un buen vino en una gran comida. No hay plato en el mundo que servido de una manera inapropiada, no pierda gran parte de su valor. Hay que saber transmitir toda esa magia, trabajo y tesón que hay detrás de cada plato. Eso solo lo puede hacer la persona. La que sabe que no todas las comidas, encuentros o reuniones son iguales. Hay que tener experiencia y saber que hay clientes que te van a demandar conocimientos y tiempo. Otros que querrán servicio pero despacio y sin interrupciones.

Quizás en algún momento nos olvidemos del nombre de un gran vino, pero recordaremos a la persona que nos lo recomendó, que nos atendió y logró hacer de aquella comida toda una experiencia.

Salud para todos, coman sano, beban con sentido y agradezcan siempre a quien lo hace más fácil día a día.