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El vino es la bebida más maravillosa del mundo (lo siento, cerveceros) Porque habla de agricultura, clima, prácticas humanas y arte. Sí, del arte de esos cocineros de uvas que transforman una fruta en un jugo fermentado de alto valor en el mercado, llevado a las mejores mesas del mundo y a las subastas más importantes también. Sí, como una obra de arte. Así que, para empezar, es una bebida sin igual que además mantiene y añade mucho valor al campo y al paisaje. Cuidando la tierra y a la gente que de ella vive.
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El vino no te puede dar sueño. Si te da sueño, no es buen vino. El vino es una bebida que exalta la lucidez, desata la tertulia, engrandece los momentos. Ninguna bebida creada por el ser humano es capaz de generar tanta magia alrededor de una botella, dos velas y dos buenas copas (Riedel, a poder ser, jejeje).
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El vino no da resaca. Si tomas vino de calidad (no necesariamente caro) ese que quien lo elabora te respeta (sí, te respeta a ti) no te añadirá productos que tu organismo no tolere ni sintetice bien y que te hagan daño. Ese no es buen vino, aunque sea caro, aunque tenga nombres de prestigio y etiquetas archiconocidas. Ese vino, lo único «bueno» (y lo ponemos entre comillas porque ese término es muy cuestionable) que puede llegar a tener es el sabor. Lo demás, te hace daño. Huye de él, no del vino. La palabra y la bebida vino no tienen nada que ver con la resaca. Es la marca, el vino que tomas o incluso la bodega entera.
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El color o el tipo de vino no determina si te sienta mejor o peor. No te engañes ni dejes que te engañen con aquello de: «¡Ay, es que a mí el tinto…!» o «Es el blanco…» o «El espumoso…» o «El semi…» El vino bueno, el que sienta bien, no entiende de colores. No es su color el que determina los efectos secundarios. Y volvemos a repetirlo (porque este tema nos duele mucho): ni el color ni el estilo son sinónimos de calidad, ni mucho menos. Así que analiza bien qué bebes, aprende a elegir. Déjate asesorar por profesionales. Pregunta hasta conseguir las mejores respuestas.
