Por Mario Reyes
Hay viajes que no se hacen solo con los pies. Se hacen con la cabeza, con la memoria y, sobre todo, con la emoción. Mi visita a Soria, a su Ribera del Duero más extrema y menos contada, ha sido uno de esos viajes. De los que te reconcilian con una forma de entender el vino que parecía olvidada.
No he venido buscando potencia ni músculo. He venido a reencontrarme con la finura, con la tensión, con esa sensación de beber sin cansancio. Y Soria, en silencio, me lo ha vuelto a dar todo.
La Ribera que sobrevivió sin hacer ruido
Soria es una anomalía dentro de la Ribera del Duero. Aquí no hubo concentración parcelaria. Nadie “ordenó” el viñedo. Las viñas se quedaron donde siempre estuvieron: pequeñas parcelas, cepas viejas, mezclas varietales, orientaciones imposibles y una genética que hoy sería impensable reproducir.
Caminar entre estas viñas es como leer un manuscrito antiguo. Cada cepa es distinta. Cada parcela cuenta una historia. Y eso, cuando se vinifica con respeto, se nota en la copa.
Durante años, esta parte de la Ribera quedó al margen. Demasiado fría. Demasiado alta. Demasiado complicada. Hoy, justo por eso, es uno de los territorios más emocionantes de España.
Dominio de Es: la precisión como forma de respeto
Conocer de cerca el trabajo de Bertrand Sourdais es entender que aquí nada es casual. Dominio de Es no busca impresionar, busca emocionar. Y lo hace desde la precisión quirúrgica y el respeto absoluto por cada parcela.
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He estado frente a viñas de más de 90 años, auténticas bibliotecas genéticas plantadas sobre laderas calcáreas, expuestas al frío, al viento y al tiempo. Viñas que no producen mucho, pero que lo dicen todo.
Los vinos de Dominio de Es son finos, verticales, profundos sin ser pesados. No hay maquillaje. No hay atajos. Solo paisaje traducido en vino. Son botellas que hablan bajo, pero que dicen muchísimo. Piezas de colección para quien ya ha pasado la fase del impacto fácil y busca emoción en estado puro.
Antídoto: la frescura soriana sin complejos
Si Dominio de Es es contemplación, Antídoto es energía. Aquí la idea es clara: mostrar la cara más directa, más vibrante y más accesible de Soria sin perder identidad.
El proyecto de David Hernando y Bertrand Sourdais consigue algo que no es nada fácil: vinos que se beben con una naturalidad casi peligrosa, pero que mantienen una personalidad territorial clarísima.
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Antídoto, Roselito o La Hormiga son vinos que invitan a seguir bebiendo. Maderas bien integradas, fruta limpia, frescura constante. Vinos para disfrutar, para compartir, para entender Soria sin necesidad de discursos largos.
Son, literalmente, vinos para glougloutear… pero con fondo.
Galia: beber paisaje y memoria
Galia es, probablemente, el proyecto que más me ha tocado emocionalmente. Aquí no hablamos solo de vino. Hablamos de resistencia.
En pueblos al límite de la provincia, fuera de la DO, David Calvo y el equipo de Antídoto recupera apenas tres hectáreas de viña vieja. Viñas mezcladas, cultivadas como siempre se hizo, en zonas donde la viticultura es casi un acto de fe.
Los vinos de Galia son mezcla varietal, mínima intervención y máxima honestidad. No buscan gustar a todos. Buscan contar una verdad. Y la cuentan con una carga emocional enorme.
Beber Galia es beber la esencia de la España vaciada. Es entender que detrás de cada botella hay una lucha por no perder el legado de nuestros bisabuelos. Y eso, en copa, se siente.
¿Por qué Soria es tan importante?
Después de pisar viña, de hablar con viticultores y de probar los vinos en su contexto, lo tengo claro:
- Altitud: frescura natural, sin artificios.
- Suelos calcáreos: tensión, precisión y longitud.
- Viñas viejas: complejidad real, no fabricada.
- Estilo contemporáneo: menos peso, más origen.
- Personas que resistieron: patrimonio vivo.
Soria no es una moda. Es una consecuencia lógica de respetar el lugar.
Soria no compite con nadie. Soria sorprende.
No quiere ser la Ribera clásica. Es, probablemente, su versión más pura, más fina y más emocionante. Un territorio que durante años sobrevivió en silencio y que hoy empieza, por fin, a contarse.
Y algunos, como nosotros, estamos encantados de defenderlo a capa y espada. Porque cuando el vino nace del respeto, del paisaje y de la memoria, no hace falta levantar la voz. Basta con servirlo en la copa.
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