EL VINO SE BEBE LENTO EN UN MUNDO QUE CAMINA RÁPIDO.

Mucho se escribe, se habla y se debate sobre el momento actual que vive el vino y las bebidas alcohólicas en general, pero a nosotros nos inquieta el vino y por eso estamos constantemente viendo qué pasa y cómo se mueve.

La industria es un monstruo gigante, engordado a base de ambición y marketing en los últimos años, con un engranaje complejo que se mueve entre la máxima sofisticación basada en el terroir, las técnicas de vinificación, los métodos de crianza, etc., y la máxima industrialización, que se ha preocupado básicamente de colocar vino barato, de dudosa calidad, en el mercado. Con ello queremos decir vinos que dan sueño, son muy artificiales y, entre otros muchos efectos, producen resacas de vino. ¡Cosa que antes pasaba cuando bebías litros y ahora puede pasar con apenas unas copas! ¿Raro, no? ¿Nos habremos vuelto los humanos cada vez más débiles y sensibles, tanto a esto como a un montón de productos que forman parte de nuestra vida diaria? Bueno, muchos debates en un solo párrafo. Sigamos.

A este monstruo que se ha creado se le acaban los mercados que atacar. Algunos porque ya no beben; otros porque ya no se emocionan con su producto; otros porque no lo entienden y se aburren; otros porque no cabe más vino por esa puerta… y otros, que a nosotros nos preocupan bastante, porque no les llega a tiempo y en el formato adecuado allí donde están bebiendo.

Apegado a ese argumento clásico y sofisticado, elitista hasta un punto exagerado, se ha llevado a este producto de uva fermentada a un lugar que obliga a ser casi un experto para su consumo, que además debe tomarse en copa, con comida, sentado en un lugar cómodo y, si me apuras, escuchando música igual de profunda que él. ¿Y qué sucede si metes todo esto en una coctelera y lo agitas? Que sale un cóctel pesado, con bastante alcohol, cuyo fluir es denso y, además, a veces demasiado caro; que no consigues gente para beberlo y vas dejando atrás una estela de «followers» que no se enganchan a tu tren, y ese tren cada vez se está alejando más…

Si nos queremos espabilar de una vez, hay que atraer en lugar de distraer, enamorar en lugar de confundir y dejar de poner límites a los diferentes formatos, momentos y estilos de vinos que el mercado requiere.

Nosotros abogamos por el vino de máxima calidad, complejidad y emoción suprema; ese que no olvidas en días y que convierte las comidas, los encuentros y también las catas en momentos mágicos. En ello llevamos años y nos enamora este mundo pasional y profesional.

Pero abrimos la puerta al vino en lata para festivales o para llevar en la mochila; al vino en bag in box, grande y pequeño, para eventos, para el consumo diario o para llevar al campo sin necesidad de sacacorchos; por los grifos de vino, igual que los de cerveza, que aporten un surtido diferente y fresco, fácil de beber; por el vino por copas de calidad en los restaurantes, con un surtido que despierte la curiosidad del cliente; por el vino con menos alcohol o incluso sin él, que se adapte a las nuevas tendencias de salud y consciencia. ¡Por el vino! El vino como era antes: una bebida democrática que se podía tomar en cualquier momento y lugar.

Donde habitan los nuevos consumidores debemos estar; en los festivales debemos estar; en los chiringuitos, en las food trucks, en las neveras de playa, en las terrazas de verano, en las neveras de las casas, ¡en las mochilas de los pícnics!

No son vinos para envejecer ni para tapar con corcho, pero mirad el color… Son vinos para beber, consumir, charlar y abrir el apetito.

Si seguimos pensando en el mundo del vino que conocíamos y compradores y vendedores no cambian su mentalidad, no ayudaremos a todos esos agricultores que cultivan uvas, mantienen nuestros campos y trabajan para darnos la materia prima de la mejor bebida fermentada y natural de la historia de la humanidad.

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